Thursday, February 10, 2011

El Coronel

Lo que hizo el Coronel Ataulfo Esosino no tiene perdón. Y  aquí mismo me dan deseos de enumerar los dos millones y medio de atrocidades imperdonables, y la única que sí merece perdón (pero el rumbo que agarró el cuento desde el inicio, me lo impide).
Aunque era lo primero que uno pensaba ante su imagen imponente, como de león vertical, Ataulfo no fue Coronel toda su vida: Nació niño, y de Francisca Avutarda, la muda. Fue el primero en nacer (Si no hubiera sido así, creo que se hubiera suicidado).
Y como a nuestro hombre le gustaron siempre  las cosas difíciles, nació al revés, a punto de reventar a la pobre Francisca, quien casi muerta, lo acabó de soltar gracias a una mosca.
La comadrona había perdido las esperanzas y andaba preparando la mortaja, cuando llegó la mosca como una bala errabunda, directito a la nariz de la parturienta, entrándole por uno de sus agujeros.
El estornudo fue cataclísmico, de tal magnitud que par de auras que hacían círculos sobre el rancho, cayeron fulminadas. Y lo otro que cayó hecho un amasijo sanguinolento, en medio del cuarto, fue Ataulfo.
Cuando la comadrona lavaba al muchacho de once libras y media, durante unos de sus berridos, pudo verle el cielo de la boca, y casi lo tira por la ventana.
_ ¡Solavaya! _ Gritó ante la cruz negra que terminaba su base llegando a la campanilla.
_ Es abicú_ y esto lo dijo en voz baja, temblando.
Parece que, por suerte, Francisca había quedado estéril, pues cuatro años eran muchos en aquellos tiempos sin televisores ni otros entretenimientos. Pero vino lo del trueno.

Era una tarde de Junio, encapotada, con una fina llovizna que no acababa de decidirse. En el comedor, Romualdo Esosino conversaba con dos forasteros que hacían tiempo, a ver si escampaba.
_ Vieja, haz un buen café, bien amarguito_
Y allá fue Francisca, a remover cacharros en la cocina, hasta que vino el trueno rajando el techo.
Los hombres quedaron sordos durante un minuto, pero el olor a pólvora los despabiló. Romualdo fue el primero en acordarse.
_ ¡Francisca!_
No tuvo que dar más allá de dos pasos, porque la mujer venía hacia él encuera en pelotas y sin un solo pelo en el cuerpo, con los ojos dándole vueltas como remolino, sin pausas.
_ ¿Eh? ¿Qué pasó? _ Hablaba por primera vez en su vida.
A partir de aquel día la casa se mantuvo cerrada casi siempre, y contaron los transeúntes que se oían resoplidos y ayes como de Almas en pena.

Meses después comenzó la paridera de Francisca, uno detrás del otro, hasta cumplir los cuarenta y tres varones.
La comadrona se quedó para ayudar con la prole. Las dos mujeres no daban abasto, y no porque los muchachos fueran malcriados (No diré sus nombres para no aburrir), sino por Ataulfo, que crecía como maíz de agua, además de en tamaño, en rebeldía y odio contra sus hermanos, a los que no cesaba de atosigar con mil maldades, desde echarles hormigas bravas, hasta restregarles ají picante en sus culos jíbaros.
Las mujeres hacían guardia alternativamente, para evitar la masacre, hasta que pasaron par de años y llegó la guerra.
El carretón se alejó con los reclutas y después de los abrazos y los cuídate mucho Ataulfito, todo el mundo suspiró aliviado.
_ Menos mal, con el perdón de Dios_ cerró Francisca el acontecimiento.

A cada rato llegaban noticias de batallas descomunales, donde los nuestros, a punto de ser diezmados, triunfaban gracias a un loco que sable en mano, cortaba las cabezas por docenas. Era Ataulfo, quien en par de meses llegó a Coronel.
Toda esta historia para llegar al rancho de vuelta, tan grande como una ceiba, con aquel pecho de toro poblado de medallas que poco a poco fue cambiando por favores en el prostíbulo del pueblo más cercano.
Pero el uniforme no se lo quitó Ataulfo nunca más, ni para dormir. Gracias a su disciplina militar, le dedicaba algún rato a sus hermanos, que iban desde el menor, de unos diez años, hasta el más grande, ya con bigotes, y todos regordetes y medio tontos, haciendo coros de risitas sin ton ni son, interrumpidas por tragonazos de baba y tomas de aire para reír más.
_ ¡Qué linda manera de comer mierda! ¡Partida de vagos! _ Les decía Ataulfo en el patio del fondo, cuando nadie los miraba y ellos, como si fueran piropos, se le acercaban dando saltitos, a hacerle cosquillas para ver si él se reía también.

Pero el Coronel permanecía serio y palpaba su larguísimo sable, que tenía por empuñadura una cabeza de toro con ojos de rubí.
Una noche Ataulfo se acercó a su madre y le dijo arrente al oído.
_ Mima, qué vamos a hacer con esta curia de bobos que lo que hacen es comer como un regimiento.
_ ¡Hijo, Dios te perdone! Cómo se te ocurre; ya irán tomando camino.
_ Pero vieja, si más de la mitad son hombres y lo único que saben es hacerse pajas detrás de las matas de plátano. Son una plaga.
_ ¡Que el Señor no te oiga! Dale, ve a dormir, que tu padre quiere que mañana lo ayudes a capar un toro _
Al día siguiente, padre e hijo, se fueron al potrero cercano.
_ Ayúdame a amarrarlo_.
_ Para qué, papá, si yo puedo inmovilizar con mis manos.
_ Estarás loco. No te imaginas la fuerza que tiene este animal.
_ Ni tú la mía, viejo. Prepara el mazo y escáchale los huevos cuando lo derribe.
Ataulfo le partió derecho al animal y en menos de lo que canta un gallo, lo agarró por los tarros, le torció la cabeza como si fuera de plastilina y lo tumbó sobre la yerba mojada.
_ ¡Arriba, rómpele los cojones!
De regreso a casa, el Coronel iba con el resuello aciclonado. La capazón le había despertado los demonios de la guerra y apretaba el puño sobre el sable, quedándose detrás, mirando la espalda encorvada de su padre, porque a duras penas se contenía.
 Romualdo entró por la puerta de la cocina quitándose la camisa. Ya el sol había secado el pasto del patio, donde los cuarenta y tres hermanos retozaban a risa pelada, tirándose ciruelas maduras que se tragaban sin respetar las semillas.
Ataulfo se les acercó, esta vez riéndose también, pero con una risa muy diferente.
_ A ver, les voy a enseñar un juego que aprendí en la guerra. Les va a encantar_
Enseguida llegó el mayor y lo miró con sus ojos de laguna sin peces, con la boca a medio abrir, desde la que saltaban hilillos de saliva resplandecientes.
_ Arriba, tú serás el jefe. Llámalos a lodos y hagan un círculo.
En un santiamén lo rodearon encantados, para ver cómo era el juego.
_ No, no, así no. Párense ahí, así mismo…ay, qué lindos se ven, parecen cerditos. Tú, en el medio. Tú, acá; pegaditos todos, amasijo de mierda boba, qué bien se ven. Después vamos a cantar himnos de guerra; pero ahora júntense hombro con hombro, cuellitos de jirafas, bien estiraditos, para que la voz salga limpia y alta. Hermosos que se ven, partida de mamelucos, ya les voy a dar su medicina… Perfecto, se ganarán el cielo con esa disciplina.
Se fueron compactando, los mayores al centro; pero algo no le gustó a Ataulfo.
_ Vamos, algo falla aquí, falta uniformidad. Los del centro, agáchense un poco, los de la orilla estírense lo más que puedan. Eso es, muchachos, que todas las cabezas queden parejitas. Ahora vamos a cantar. Cuando cuente hasta tres, comiencen a gritar ohhhh, sin parar, calentando gargantas. Sí, con los ojos cerrados para que nada los perturbe.
Comenzaron a vocear todos a la vez, con los párpados muy apretados, gozosos, mansos, como si fueran uno.
Entonces Ataulfo, que en ese momento debió sentir una gran picazón en el cielo de la boca, sacó el sable, tomó impulso, y de un solo golpe cortó las cuarenta y tres cabezas, que terminaron masticando sus últimas notas.
El Coronel dio par de pasos atrás para ver cómo los cuerpos iban amontonándose de mayor a menor.
_ Hay carne para un año por lo menos_ Se dijo aliviado.


PASTOR AGUIAR

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